SER Y ESTAR
A veces me gusta ver vídeos antiguos, conciertos o escenas de películas de los años setenta y ochenta. Siempre me ocurre lo mismo: me quedo observando a la gente. No veo personas perfectas. Veo personas reales. Cada una con su forma de vestir, de caminar, de reír y de ser. Nadie parecía esforzarse por encajar ni por mostrar una vida perfecta. Había una naturalidad que hoy cuesta encontrar. Y entonces pienso en la infancia que tuvimos. Crecimos en la calle. Jugábamos a las canicas, al escondite, hacíamos volar cometas, montábamos en bicicleta, llamábamos a los timbres para salir corriendo entre carcajadas y no regresábamos a casa hasta que anochecía. Nos caíamos, nos levantábamos y seguíamos jugando. Compartíamos un refresco, las chucherías de la tienda del barrio y cualquier excusa era buena para reunirnos. También fuimos testigos de un mundo que cambiaba. Escuchamos radionovelas, desgastamos discos de vinilo, grabamos canciones de la radio en cintas de casete, conocimos el Walkman, lo...



