“La forma en que existimos”


 Coco Shiva Mommoa





Hay vínculos que no se explican, se reconocen.
Y este es uno de ellos.

Mi gato no es solo un animal que vive conmigo. Es, de alguna forma, un espejo. No en lo evidente —aunque incluso físicamente hay algo que nos acerca—, sino en la manera de estar en el mundo. Siempre he sentido que soy muy gato. No como una etiqueta bonita, sino como una forma concreta de relacionarme con lo que me rodea.

No entro en todos los espacios. No me entrego rápido. Observo. Mido. Necesito distancia para saber si algo es real antes de acercarme. Y cuando lo hago, es desde un lugar limpio, sin ruido, sin teatro.

Él es igual.

Por eso lo nuestro no es un vínculo de dependencia, sino de afinidad. No nos necesitamos constantemente, pero nos elegimos. Y eso cambia todo. Porque cada gesto suyo —acercarse, quedarse, apoyarse sin invadir— no es automático. Es una decisión. Y yo entiendo ese lenguaje porque también lo habito.

Hay quien ve a un gato como distante. Yo no. Yo veo precisión. Veo una forma de amar que no pasa por la exhibición, sino por la coherencia. Mi gato no está cuando el mundo lo espera. Está cuando tiene sentido. Y yo, en el fondo, funciono igual.

Eso tiene un precio. No siempre encajas en dinámicas más ruidosas, más evidentes, más inmediatas. Pero también tiene una verdad difícil de encontrar: cuando estás, estás de verdad.

Con él no necesito explicarme. No hay interpretación ni expectativa. Solo una convivencia silenciosa donde ambos podemos ser exactamente lo que somos. Sin forzar, sin adornar.

Y quizá por eso este vínculo es tan profundo.

Porque no se basa en lo que nos damos, sino en lo que no necesitamos pedirnos.

Mi gato no vino a enseñarme nada.
Pero al mirarlo, es difícil no reconocerme. 🐾




Te leo .

Si esto te resuena, puedes seguir explorando el blog.

Comentarios

Entradas populares