El color del silencio


Remover la pintura.

Una y otra vez.




El azul Cadaqués va apareciendo despacio, como si también necesitara su tiempo para encontrarse.

No hay conversaciones.

Solo el sonido del palo girando dentro del cubo, la respiración tranquila y los pájaros acompañando la mañana.

Observo.

Y no siento la necesidad de decir nada.

Hay momentos que no necesitan ser dirigidos. Necesitan ser respetados.

Siempre he acompañado así. Con la confianza de que cada persona nace con una fuerza interior, una inteligencia que sabe cuándo explorar, cuándo detenerse y cuándo crear.

Cuando no interrumpimos ese diálogo interno, ocurre algo precioso.

La creatividad deja de ser una actividad.

Se convierte en un estado.

No nace de la exigencia. Nace de la presencia.

De hacer una sola cosa y estar completamente en ella.

Mientras el color encuentra su equilibrio, también lo encuentra quien lo sostiene entre sus manos.

Eso no se enseña con palabras.

Se vive.

Y quizá ese sea uno de los mayores regalos que podemos ofrecer a quienes amamos: tiempo, silencio y confianza. El espacio suficiente para que descubran, por sí mismos, la voz que siempre ha estado dentro.

Porque cuando alguien aprende a escucharse desde pequeño, esa voz lo acompañará toda la vida.






































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