SER Y ESTAR
A veces me gusta ver vídeos antiguos, conciertos o escenas de películas de los años setenta y ochenta. Siempre me ocurre lo mismo: me quedo observando a la gente.
No veo personas perfectas. Veo personas reales. Cada una con su forma de vestir, de caminar, de reír y de ser. Nadie parecía esforzarse por encajar ni por mostrar una vida perfecta. Había una naturalidad que hoy cuesta encontrar.
Y entonces pienso en la infancia que tuvimos.
Crecimos en la calle. Jugábamos a las canicas, al escondite, hacíamos volar cometas, montábamos en bicicleta, llamábamos a los timbres para salir corriendo entre carcajadas y no regresábamos a casa hasta que anochecía. Nos caíamos, nos levantábamos y seguíamos jugando. Compartíamos un refresco, las chucherías de la tienda del barrio y cualquier excusa era buena para reunirnos.
También fuimos testigos de un mundo que cambiaba. Escuchamos radionovelas, desgastamos discos de vinilo, grabamos canciones de la radio en cintas de casete, conocimos el Walkman, los primeros videojuegos y vimos llegar Internet sin imaginar hasta dónde nos llevaría.
No reniego de los avances. Han hecho nuestra vida más cómoda y nos han acercado a personas que están lejos. Pero también tengo la sensación de que, mientras el mundo se volvía más tecnológico, muchas personas empezaban a alejarse de sí mismas. Estamos más conectados que nunca y, sin embargo, cada vez cuesta más mirar a los ojos, conversar sin prisas o simplemente estar presentes.
Veo menos niños jugando en las calles y más niños creciendo delante de una pantalla. Veo más comparación que aceptación, más prisa que calma y más necesidad de aparentar que de ser.
Quizá por eso mi vida ha estado tan enfocada en la crianza. No por querer educar como antes, sino por intentar conservar aquello que considero esencial: la presencia, el vínculo, el juego, la libertad, la escucha y el tiempo compartido. He querido acompañar a mis hijos desde ahí, porque estoy convencida de que un niño no necesita una infancia perfecta; necesita sentirse visto, querido y acompañado.
No podemos volver atrás, ni tendría sentido hacerlo. Pero sí podemos decidir qué valores queremos conservar. Yo me quedo con la autenticidad de aquella época, con la sencillez de las relaciones y con la certeza de que lo más importante nunca fue la tecnología, sino las personas.


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